VEN A TUXTLA CHICO, pueblo de colores y chocolates

Mis ojos están inundados de colores. De verdor. De esa magia que sólo sucede en algunos pueblos, que a veces nadie los visita o pasan desapercibidos. Hoy escribo desde Tuxtla Chico, cerca de Tapachula, este rincón que no necesita ser nombrado pueblo mágico porque ya lo es o porque no lo necesita. Aquí sobre este territorio se asentaron civilizaciones antiguas, tan antiguas que no dudo pudieron haber sido contemporáneas de los sumerios allá Mesopotamia, aquí desde lejos y desde hace cientos de años venían navegantes, utilizaban el mar y los ríos, así cuentan las estelas de Izapa, esas páginas descubiertas a lo largo y ancho de esta geografía cubierta de cacaotales. Aquí uno se cobija bajo la ceiba, el árbol sagrado, el árbol de la vida y de los encuentros, según nos dice otras estelas de esta pequeña ciudad de piedras. Izapa es un libro abierto de viajes, de juegos, de datos astronómicos, he quedado impresionados con las estelas donde cuentan sobre los remeros que viajaban entre el agua hace cientos, cientos de años. Camino entre unas ruinas que en nada se parecen a las que estoy acostumbrado. Aquí no hay pirámides elevabas, sino historia, misterio, misticismo. Izapa es hoy, un sitio que cuenta que las migraciones han existido aquí desde siempre.

Después de Izapa fui al centro del pueblo, ahí mis ojos se inundaron de colores, ese pequeño centro con un kiosko de herrería elegante que combina a la perfección con u otro palacio municipal que me recuerda a pequeños pueblos de otros países. Me cuentan que Tuxtla Chico está lleno de historias, me cuentan de su magia, de sus brujos buenos y malos. Me cuentan de la sagrada Virgen de Candelaria y su gran festividad, de sus alfombras de colores que decoran las calles a inicio de febrero, entonces camino a la iglesia, cuya entrada está adornada de jardines y sus colores en todo pastel hacen que se vea limpia, pura, tierna. Camino hacia dentro y su nave con sus lámparas no dejan de impresionarme, aquí me dicen, la pila bautismal es de época prehispánica, entonces entiendo también un poco el sincretismo de dos culturas. Salgo y veo casas de maderas que me recuerdan al Caribe, colores por todos lados, azules, amarillos, rojos. Cuadras abajo me indican que hay unas escaleras con más colores, camino unas calles y las encuentro, una pareja va tomada de la mano subiendo cada grada. Sonrío porque el amor sigue siendo una sorpresa en la vida. Todos merecemos a alguien con quien subir la escalera de la vida, me digo a mi mismo. Curioseo el río, las plantas de cacao, las calles. Ivonne se convierte en mi compañera de viaje junto con Aaron, ambos me llevan entonces a descubrir el mundo del chocolate artesanal y cuya tradición data de hace decenas de años. Aquí en esta tierra tan basta se produce el cacao que tanto le ha dado al mundo y que fue moneda y se ofrendó a Moctezuma como símbolo de riqueza. Pienso que el mundo hubiese sido triste si no hubiera chocolate. Hay una casa, de una señora, que hace también magia con el cacao, me llevan entonces y me adentro al tostado, al molido y a la preparación. Viajamos también para comer, para conocer el origen de cosas tan cotidianas como una barra de chocolate. Me dicen que esta es la ruta del cacao y chocolate, que desde aquí se ha llevado al mundo. La señora me cuenta que este chocolate ha estado en Italia y en Francia y que se han ganado premios. Qué chingona es la gente de Chiapas, exclamo en mis adentros. Me dicen eso mientras en la mesa me sirven pozol. Me siento y charlo, charlamos sobre el chocolate, sobre la vida, sobre el mundo mientras otra señora se acerca con una jarra de chocolate caliente, de verdadero chocolate y a entender entonces porque el chocolate conquistó tanto al mundo que se convirtió en uno de los sabores básicos del planeta. Me dicen también que aquí hay un parque del chocolate y quedo asombrado, ya luego salimos y a punto de regresar a Tapachula, Ivonne que ha sido maravillosa, dice que quiere llevarme a la frontera para divisar el río que divide México del resto de América Latina y entonces vamos a El Palomar y desde ahí la frontera no es más que un hermoso río que corre al mar, y dicho paisaje lo decora una casa que me recuerda a ciertos paisajes holandeses. Empieza a caer la tarde y el calor del trópico hace que uno se bañe en sudor.

Por último, me llevan a la monumental entrada del parque del chocolate que hace homenaje al juego de pelota de Mesoamérica.

Entonces me atrevo a decirles que así como hay santos súbitos, deberían de haber pueblos mágicos súbitos y Tuxtla Chico debería ser nombrado con urgencia.

Termina de caer la tarde y Tapachula me espera, pero sonrío, porque los pueblos de Chiapas, mi Chiapas y el de muchos, no dejan de sorprenderme.